Por Mihail García La reciente comparecencia de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich no fue un ejercicio diplomático ordinario. Fue, más bien, una confesión de parte envuelta en la retórica del orgullo. Al escucharlo, uno no puede evitar sentir que Rubio no llegó a Europa a proponer una agenda de futuro, sino a certificar el agotamiento de un modelo que él mismo ayudó a construir. Su propuesta de un «nuevo siglo occidental» suena más a un anhelo nostálgico que a una posibilidad real en un mundo que ya aprendió a hablar otros idiomas y a negociar en otras divisas. Rubio tiene el tino de diagnosticar con precisión el malestar que corroe a Occidente. Habla de la desindustrialización como una «elección política» y no como un accidente, reconociendo implícitamente que la entrega de la soberanía productiva a cambio de beneficios inmediatos en una arquitectura de mercados abiertos fue el pecado original de las últimas décadas. Sin embargo, el problema de su narrativa no radica ...
Centro Dominicano de Estudios Sobre China (Cendoesch)