Durante décadas, hablar de poder entre Estados implicaba pensar casi exclusivamente en fuerza militar, guerras o sanciones económicas. Ese enfoque fue suficiente para explicar el orden internacional del siglo XX.
Hoy, ya no.
La geopolítica contemporánea demuestra que el poder no se ejerce únicamente mediante la coerción. También se ejerce influyendo, convenciendo, generando legitimidad y construyendo alianzas. Comprender esta transformación es clave para interpretar el mundo actual.
El hard power sigue siendo relevante. Se manifiesta a través del uso de la fuerza militar, las sanciones económicas, el control financiero o la presión energética y tecnológica. Es una herramienta central cuando existen conflictos abiertos o intereses estratégicos en juego.
El soft power, en cambio, opera de forma más sutil. Se basa en la diplomacia, la cooperación internacional, la credibilidad institucional, los valores políticos y la capacidad de generar confianza. No impone, pero condiciona decisiones y orienta comportamientos.
En un entorno global cada vez más competitivo, estas formas de poder no actúan de manera aislada. Se combinan, se contraponen y redefinen la influencia global. El liderazgo hoy depende menos de la fuerza pura y más de la capacidad de integrar distintos instrumentos de poder de forma estratégica.
Estados Unidos y China: dos formas distintas de ejercer el poder
La competencia entre Estados Unidos y China no es solo geopolítica o económica. Es, sobre todo, una competencia entre dos formas distintas de gobernar y de entender el poder.
En Breakneck, Dan Wang expone una diferencia reveladora:
China gobierna con ingenieros; Estados Unidos, con abogados.
En el sistema chino, una parte significativa de la élite política y administrativa proviene de carreras técnicas. Ingenieros que piensan en términos de infraestructura, eficiencia, plazos y resultados. Esto se traduce en una alta capacidad de ejecución, planificación de largo plazo y una clara orientación hacia proyectos estratégicos: puertos, ferrocarriles, energía, industria y tecnología.
Estados Unidos, en cambio, ha sido históricamente gobernado por abogados. Su sistema prioriza procesos, reglas, controles, equilibrios institucionales y litigios. Antes de actuar, se estudia, se debate, se consulta y se revisa. El resultado es mayor legitimidad y protección institucional, pero también lentitud, bloqueo político y dificultad para ejecutar proyectos estructurales de gran escala.
Dan Wang lo sintetiza con claridad:
mientras los ingenieros se preguntan “¿cómo lo construimos?”, los abogados se preguntan “¿está permitido?”.
Este argumento cobra aún más fuerza cuando se añade un elemento clave: la planificación de largo plazo como continuidad de Estado. En China, los proyectos estratégicos trascienden los ciclos políticos y se sostienen como políticas de Estado. En gran parte de Occidente, por el contrario, cada período de gobierno suele marcar una ruptura con el pasado, revirtiendo agendas, redefiniendo prioridades y debilitando la coherencia estratégica en el tiempo.
Esta diferencia no solo impacta en la velocidad de ejecución, sino también en la credibilidad internacional y en la capacidad real de sostener influencia global.
Así, Washington tiende a ejercer su poder mediante sanciones, marcos legales, alianzas formales y control normativo. Beijing apuesta por inversión, infraestructura, financiamiento y presencia económica directa. Dos estilos distintos, un mismo objetivo: influir en el orden global.
Reconfiguración del poder global y el rol de América Latina
Con frecuencia se afirma que vivimos en un mundo multipolar. Sin embargo, el momento actual se parece más a una transición inestable que a un nuevo equilibrio consolidado.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar, financiera y tecnológica. China se ha consolidado como un actor central en producción, comercio e infraestructura global. A su alrededor, otras potencias medianas han ampliado su margen de maniobra, pero sin sustituir el peso estructural de estos dos polos.
En este contexto, América Latina no es un polo de poder, pero sí un espacio estratégico clave. Energía, minerales críticos, alimentos, mercados y posiciones diplomáticas la convierten en un territorio de competencia indirecta entre grandes potencias.
Aquí el poder se ejerce de forma híbrida. Presión económica, sanciones y condicionamientos financieros conviven con diplomacia, cooperación, inversión y disputa por legitimidad y narrativa internacional.
La cooperación internacional, por tanto, ya no puede entenderse únicamente como ayuda. Se ha convertido en una herramienta de soft power, una forma de presencia estratégica y una vía para construir alianzas futuras.
La conclusión es clara: el liderazgo global ya no se impone ni se reparte de forma definitiva. Se negocia, se adapta y se gestiona. En este escenario de transición, el poder no solo se ejerce: se gestiona. Y quienes entienden esta reconfiguración estructural, juegan con ventaja.
Esta es una Colaboración de Cendoesch.
Por Brigitte Saint-Hilaire Ricart
Gestión de proyectos | Cooperación internacional

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