Por Manolo Pichardo
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping el pasado mes de mayo dibuja un escenario de cambio en la hegemonía global. En este, un Estados Unidos resignado y forzado por el pragmatismo que impone su debilidad estratégica en el golfo Pérsico, se ve obligado a explorar salvoconductos económicos en Beijing que le permitan continuar siendo una pieza clave en el reconfigurado tablero geopolítico planetario. La carta de presentación del mandatario estadounidense pretendía, en principio, exhibir un poder más efectivo que el mostrado en el conflicto con Irán: una delegación de la élite tecnológica-financiera que, en un mundo interdependiente, es tan importante o más que el poder militar. Así lo ha demostrado China que, a decir de algunos analistas, está ganando la guerra en Medio Oriente sin disparar un solo tiro.
Ante este cuadro, se afirma que el poder real de Estados Unidos se ha desplazado de su capacidad militar hacia su músculo corporativo; por ello se subraya que la presencia de figuras como Elon Musk (Tesla/SpaceX), Jensen Huang (Nvidia), Tim Cook (Apple) y Jamie Dimon (JPMorgan Chase) respondió a una acción desesperada por negociar con capital y propiedad intelectual lo que ya no puede imponerse mediante la diplomacia o las armas.
Este giro hacia el Este no es exclusivo de Washington. La relevancia de Beijing como el nuevo eje de gravedad se evidencia en el desfile constante de mandatarios europeos -tradicionales socios estratégicos de Estados Unidos- que han acudido recientemente a la capital china en busca de acomodo en el nuevo orden. El presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz, han volado a Pekín liderando delegaciones comerciales para asegurarse contratos industriales y suministro energético. De igual manera, Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, se vio en la capital china con el presidente Xi buscando equilibrar su, hasta hace poco, radical postura atlántica por la necesidad urgente de inversiones en infraestructura. Del mismo modo, el jefe del gobierno español, Pedro Sánchez, y otros líderes de la UE que ven en el mercado chino la única salida ante el estancamiento económico del continente, han hecho cola para ver al líder que, sin amenaza militar ni intimidaciones, se convierte en referente de gobernanza. Afectados por la volcadura del tablero geopolítico y la fragmentación de Occidente, profundizada por los chantajes arancelarios, se suman también los primeros ministros de Gran Bretaña, Canadá y otros países en busca de arreglos comerciales y diplomáticos.
Hay una visita, sin embargo, que no puede verse como parte del “peregrinaje panda”: la presencia de Vladímir Putin en el escenario donde comienza a converger el liderazgo mundial. China y Rusia ya habían configurado una alianza estratégica desde que fueron identificados como objetivos políticos: frenar el ascenso del gigante asiático y balcanizar al país de los zares, todo bajo argumentos existenciales con base real. La llegada a Beijing del mandatario ruso pretendió dejar un mensaje claro a los que acababan de abandonar el suelo asiático: estamos abiertos a abordar la agenda global respetando las diferentes miradas, pero la reconfiguración planetaria y el diseño de la nueva arquitectura económica pasan por esta alianza que se extiende a los BRICS. Esta unión reinventa los mercados y las cadenas de suministros, crea esquemas que desafían a Occidente con sistemas de transferencias como el BRICS Pay o el CIPS chino, que plantan cara a un SWIFT lento y costoso. También surgen entidades alternativas al Banco Mundial y al FMI, como el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y el Acuerdo de Reservas de Contingencia, creado como un escudo frente a crisis financieras; una especie de FMI de los BRICS.
Mientras Occidente se fragmenta y sus aliados buscan la protección del paraguas comercial chino para sobrevivir a la crisis energética, la cumbre Xi-Trump y el desfile de mandatarios por Beijing marcan el inicio de una era donde el poder parece asentarse definitivamente en Oriente. El líder asiático dejó esto claro al llamar a su homólogo estadounidense a evitar la “Trampa de Tucídides”; un disparo verbal que sentenció quién asciende y quién desciende. Estados Unidos queda así atrapado entre el costo de sostener conflictos externos y la necesidad de pactar con su principal rival para evitar el colapso interno. La multipolaridad ha quedado sellada: Estados Unidos como un actor relevante y China como el eje alternativo que, junto a Rusia y los BRICS, construye una arquitectura que apunta ya a un nuevo estadio civilizatorio.

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